Tentín — El pulpo que aprendió a respirar
Círculo del Éter · Lectura completa
Hay quienes se mueven sin parar.
Pero también hay quienes aprenden a quedarse.

Respira tres veces.
Imagina que el mar no está afuera, sino dentro de ti.
Escucha su pulso.
Ahí empieza la historia.
En el arrecife, donde la luz juega a ser agua, vivía Tentín, un pequeño pulpo de piel cambiante y risa fácil.
A su lado estaban Jaime, un pez que creía en la alegría como forma de pensamiento,
y Estrella, una voz quieta hecha de mar y silencio.
Tentín nadaba sin descanso.
Era veloz, gracioso, brillante.
Pero cada giro ocultaba un temblor.
Cuando el agua se aquietaba, sentía un eco que no sabía nombrar.
No podía quedarse quieto. No porque no quisiera, sino porque el silencio le recordaba todo lo que aún no había hecho.
—No paras nunca —le dijo Estrella una tarde—.
A veces parece que huyes del mismo lugar que te sostiene.
Tentín sonrió.
—No huyo, solo me muevo —respondió,
pero su voz no alcanzó a tocar sus ojos.
Jaime soltó una burbuja.
—Quizás el mar no quiera que te muevas, Tentín.
Quizás solo quiera escucharte respirar.
Tentín rió, pero su risa se quebró en espuma
Un día, el cielo se abrió sobre ellos.
Una red descendió lenta, brillante,
como si el sol hubiera perdido una hebra.
En segundos, el agua se partió,
y Tentín fue alzado fuera del mundo.
Oscuridad.
Metal.
Un balde rojo.
El silencio aún no entiende el agua.
El agua dentro olía a encierro.
El borde raspaba su piel como si midiera su miedo.
Sus tentáculos, antes danza, ahora eran abrigo.
Dentro del balde, el tiempo dejó de tener nombre.
Ya no había broma que lo salvara del silencio.
Pensó en todo lo que aún no había resuelto,
en cada intento de mostrarse fuerte,
y sintió cómo el ruido de su vida se detenía de golpe.
Durante horas —o días, no lo supo—
solo escuchó su respiración contra el hierro.
Y en ese sonido áspero
descubrió algo que siempre había evitado:
la quietud también tiene voz
El barco se detuvo en una costa sin nombre.
Un ave de pico rojo bajó del cielo.
Sus ojos eran claros, pero sin brillo.
Miró dentro del balde,
vio a Tentín temblar,
y dijo con un tono que no conocía ternura ni crueldad:
—Brillas. Ese brillo será mío.
Lo tomó entre sus garras
y lo llevó sobre el aire salado,
hasta dejarlo caer entre las rocas.
Una grieta angosta.
Sin agua.
Sin salida.
El silencio respiró primero.
El cuerpo de Tentín dolía,
pero el dolor era menos profundo que el silencio.
La piedra le devolvía su propio aliento,
y en esa repetición encontró compañía.
En ese eco, algo dentro de él dejó de luchar.
Intentó moverse, pero no pudo.
Entonces lloró sin lágrimas,
porque el mar aún no había vuelto a buscarlo.
Recordó a Jaime riendo,
a Estrella sin moverse,
y a una voz sin nombre que alguna vez le susurró:
“Lo que llevas dentro, nadie te lo puede quitar.”
Tentín cerró los ojos.
No pensó en huir.
Respiró.
El miedo se ablandó,
como piedra que el mar vuelve tibia.
Ya no era enemigo:
era piel que aprendía a quedarse.
El ave lo observaba desde una roca.
No era cruel, solo no sabía distinguir entre brillo y verdad.
Y al verlo inmóvil, bajó la mirada y no volvió a tocarlo.
Cuando la marea subió,
el agua alcanzó la grieta.
Entró despacio,
como si también temiera romper el silencio.
Tentín no luchó.
Dejó que lo envolviera.
El mar lo reconoció.
Desde lo alto, el ave lo vio flotar.
No lo siguió.
Quizás comprendió algo sin palabras.
Tentín regresó al arrecife.
No habló.
No explicó.
Jaime se acercó y nadó a su lado,
sin preguntar nada.
Estrella lo miró,
y en su quietud había gratitud.
Tentín ya no brillaba hacia afuera.
Brillaba hacia dentro.
Y ese brillo bastaba para que el agua respirara más lento.
A veces, en las noches sin corriente,
se queda quieto sobre una roca.
No es miedo.
Es memoria.
Respira.
El mar también necesita pausas.
Cierra los ojos.
Piensa en aquello que alguna vez te retuvo,
y pregúntate si era prisión o espejo.
Respira una vez más.
Brillar no es salir de la sombra.
Es quedarse en ella, sin perder el pulso.
Y en esa quietud, el mar vuelve a respirar contigo.
Respirar fue su manera de quedarse.
Si este cuento respiró contigo,
deja que el silencio siga haciendo su trabajo.
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